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Lunes :: 23 / 11 / 2009
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REPORTAJE
Comisión Fulbright Colombia
Desde que estudiaba Música en la Javeriana y oí hablar de Fulbright, supe que quería aplicar, porque siempre he sido un convencido total del sistema de educación superior de Estados Unidos. Durante mi estadía me encontré con un mundo académico hiperdesarrollado, rico en revistas indexadas, sistemas de bibliotecas y asociaciones académicas extrauniversitarias.
Martes, 9 de junio de 2009
Me fui en el 96, el año de la desertificación de Colombia en el gobierno de Samper, cuando el presupuesto de Fulbright Colombia estaba recortado, pero en la Universidad de Indiana, a donde fui a realizar mi maestría en Composición, tuve la suerte de ganarme dos concursos: uno para ser profesor asistente y otro para acceder a una beca de doctorado, que le otorgaban a un estudiante de toda la universidad al año, la Chancelors Fellowship.
El doctorado, sin embargo, era en Teoría, y llegó un punto en el que, después de que mi tesis de maestría, que era una obra para orquesta, se ganara un concurso para ser interpretada en el Carnegie Hall por la America’s Composer Orchestra, y de que un cuarteto que escribí se ganara el Premio Nacional de composición del 98 en Bogotá, me pareció que era una bobada seguir en el doctorado de Teoría. A mí lo que más me apasionaba era la composición, así que tomé un riesgo y renuncié a la beca en Teoría para aplicar al doctorado en Composición, y pasé, pero sin financiación.
A esas alturas yo no tenía ningún ingreso adicional, ni ayuda de nadie. Le debía plata a Colfuturo y se me había terminado la beca Fulbright. Pero fui al departamento de español de la Universidad y me terminaron recibiendo como profesor visitante. Fue increíble, pero duro, porque me tocó trabajar mucho. Pagaban muy bien, pero era un puesto de 8 horas al día, 5 días a la semana, reuniones, clases y atención a estudiantes, y mientras tanto tenía que seguir con el doctorado.
Así pasó un año y me fue bien. Yo planeaba quedarme un año más, pero en noviembre me escribieron de la Javeriana ofreciéndome la decanatura de la Facultad de Música. Yo no lo pensé dos veces. Pertenezco a la primera generación de esa Facultad y junto con otros estudiantes de ese entonces, ayudamos a construir la carrera. Trabajamos con Guillermo Gaviria, que prácticamente se inventó esa facultad, ayudamos a armar el programa y hasta a redactar los documentos que pedía el ICFES. Así que la decanatura de la Javeriana era como si Guillermo me estuviera pasando la batuta, y yo acepté de inmediato.
Entonces me vine para Colombia, me posicioné en el cargo y luego me devolví para resolver cómo graduarme. Terminé la tesis mientras ejercía la decanatura. Tuve que pedir una licencia de 3 semanas para terminarla. En Indiana estaba acostumbrado a dormir 3 horas diarias, por el trabajo y el estudio, así que en el 2004 me llegó el grado por correo, porque no pude ir a la ceremonia. Pero si no hubiera sido por Fulbright nada de eso habría pasado.
Yo siempre he tenido en la cabeza que las oportunidades que uno tenga son para retribuirlas aquí. Cuando estaba por terminar el doctorado en Indiana, había mil posibilidades mejores allá, pero preferí regresar porque para mí eso tenía un valor agregado. Ahora estoy en Batuta, un sistema que involucra a 36 mil niños de todo el país, de los cuales alrededor de 30 mil son desplazados y vulnerables, y es increíble ver cómo les sienta de bien este programa. Son niños con baja autoestima, que se sienten estigmatizados, con entornos familiares problemáticos, que comienzan a cambiar porque se sienten orgullosos de su propio trabajo, de hacer parte de una orquesta, y de poder presentar algún talento frente a su comunidad. Uno tiene que estar donde puede hacer el mayor bien posible, tratar de retribuir donde mejor puede hacerlo. Y ahora me gustaría que los profesores de Batuta se presentaran a las convocatorias de Fulbright para que realicen maestrías en pedagogía musical en Estados Unidos.
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